lunes 9 de marzo de 2009

El Péndulo


“¡De verdad tengo que hacer algo con esas cortinas!”, fue lo que pensé cuando ese necio rayo de luz me despertó una vez más pegando directo sobre mi rostro, justo antes de que mi ser se incorporara por completo y recordara lo sucedido anoche en el Laberinto de Cristal. “¿Realmente pasó?”, repetía sin cesar en mi mente mientras mis ojos escudriñaban en mi remolque en busca de algo que me dijera que había sido un sueño, que yo no había lastimado tanto a alguien que amo, que no había traicionado todo aquello en lo que creía al aceptar vivir en una ilusión falsa, que no me había convertido en un paria como había sucedido ya antes en mi vida, que iba a ser sin más otro rutinario día de trabajo en la Feria...pero no, no podía engañarme aunque quisiera...Dalibor todavía dormía a mi lado, en la mesa aún estaban los platos sin lavar de los cuales probé la cena más insípida de mi haber...o quizás mi sentido del gusto estaba adormecido como el resto de mi cuerpo en respuesta a un dolor tan grande; el libro de ritmos, aquel que ocultaría el testimonio del amor que Layla me tenía, resaltaba un poco de los demás en la repisa. Me puse de pie, me acerqué a él, quería abrirlo y cerciorarme de que la rosa morada estaba ahí dentro pero no me atreví siquiera a tocarlo. Los ojos me dolían, mi cara se sentía hinchada y cada paso que daba se sentía pesado, como si mi pena se hubiera convertido en un saco lleno de piedras sobre mis hombros. Mojé un pañuelo y lo puse sobre mis párpados para aliviarlos un poco. Me senté en el banco frente al tocador...”¡¿Y qué hay de mí, qué hay de lo que yo siento por ti, Fénix?!” hacía eco en mi cabeza la voz de Layla. Sentí unas náuseas que me doblaron el cuerpo, me deslicé hasta el suelo y azoté la espalda contra el mueble, la rabia contra mi misma era insoportable. La cama quedaba justo frente a mí y podía ver que Dalibor todavía no despertaba, solté en llanto procurando no hacer ruido y así, con las lágrimas corriendo sobre mis mejillas me quedé un buen rato hasta que el Arlequín mostró señales de vida.

Al ver que Dalibor estaba por incorporarse limpié y cubrí mi cara con el pañuelo para que no notara mi tristeza. Su saludo fue un poco abrupto pues le impresionó encontrarme sentada en el suelo con el rostro cubierto pero después de inventarle una excusa como que “me dolía la cabeza porque había tenido pesadillas y no había podido descansar bien” se quedó más tranquilo.

- “Ven, tranquila...¿Qué soñaste?”, dijo mientras me hacía una seña con la mano invitándome a recostarme junto a él.

- “El miedo me ahogaba, quería gritar y no podía”, alcancé a responderle antes de que se me hiciera un nudo en la garganta y me ganara el llanto.

- “No te preocupes, estás conmigo”, expresó el Arlequín mientras dirigía mi cabeza a su pecho.

No dije más, me quedé recostada sobre él con la mirada perdida. Mi mente quedó en blanco. Por un momento todo lo que podía escuchar eran mis sollozos y los latidos de su corazón perfectamente sincronizados como si fueran parte de la misma canción...¿O es que no lo eran? Mis lágrimas nos mojaban a ambos. Él me acariciaba la cabeza y el cabello en señal de protección más a mi lo que me dolía era el pecho como si el corazón mismo se encogiera, se hundiera o se redujera a pedazos.

Al cabo de un rato, con el pretexto de conseguir algo de desayunar, dejé a Dalibor en el remolque y salí por un poco de aire fresco pues me era difícil respirar ahí encerrada. Para mi sorpresa el que estuviera a la intemperie no me ayudaba nada a recuperar el aliento. Me mareé un poco así que decidí sentarme en los escalones de la entrada a mi casa pero ni bien terminé de acomodarme cuando el recuerdo del lugar en donde conocí a Layla llegó a mi mente como si me clavaran una flecha en el corazón. Me estremecí y me levanté en ese instante pero no tardé mucho en darme cuenta de que todo el parque estaba impregnado de ella, de nuestras risas, de nuestros planes...como si uno de sus lienzos se hubiera salpicado de pintura...y a mi pesar, también la imaginaba creando algo hermoso sobre él sin importar la inconveniencia.

El ajetreo de la mañana interrumpió mis reflexiones y me hizo recobrar el rumbo. Se me ocurrió ir a casa de Lihuén por un poco de café, después de todo le había dicho a Dalibor que iba a conseguir algo de desayunar y no podía llegar con las manos vacías a pesar de que teníamos ya todo lo que necesitábamos en la casa. Al acercarme a tan inusual remolque pude escuchar música y tarareos, era mi amiga la adivina haciendo su acostumbrada limpieza matutina para poder iniciar otra jornada de trabajo. Hierbas, agua con sal marina, velas, incienso...definitivamente no era una limpieza común, pero yo no hacía más preguntas desde que me explicó que era algo que tenía que hacerse para evitar desgracias. Al verme por la ventana salió a mi encuentro inmediatamente para darme la bienvenida con un abrazo. Su expresión era de sorpresa y de preocupación...no sé qué tan mal me haya visto para que me llevara de la mano hasta recostarme en su cama sin decir una sola palabra. Acomodó una almohada bajo mi cabeza y me quitó el cabello del rostro, yo sólo la veía fijamente sin poder hablar. Después de unos minutos con ella sentada a mi lado por fin rompimos el cruel silencio...

- “Voy a traerte un poco de té, te sentirás mejor”, afirmó Lihuén mientras tomaba fuerza para ponerse de pie.

- “No te molestes, no tengo estómago para tomar nada, muchas gracias”, respondí tomándola del brazo para que no se levantara.

- “Fénix, no puedes seguir así, debemos regresar con el médico...tus malestares te están sobrepasando”, afirmó pensando que el dolor que sentía era más bien físico.

No la saqué de su afirmación, no le dije que el dolor que sentía venía más de mi alma que de mi cuerpo...pero ciertamente el hecho de que no supiera lo que pasaba dentro de mi propia piel no ayudaba para nada a la situación. Quería saber cómo sanarme pero una excursión por el pueblo bajo miradas juiciosas rumbo a un orfanato olvidado en la miseria para ver a un doctor controvertido no era mi idea de mejora.

- “Por favor, Lihuén, no me hagas volver a ese lugar, no ahora. Dime que hay otra manera de saber si mis sospechas son ciertas”, le dije a mi amiga con clara tristeza en la mirada.

- “¿Hace cuánto que tienes la duda?”, preguntó pensativa.

- “Casi tres lunas”, contesté.

- “Tal vez se pueda hacer algo”, susurró para sí y se puso de pie. Caminó hacia su pesado armario de madera antiguo y abrió una de las puertas. De uno de los compartimentos superiores sacó un pequeño alhajero de plata labrada y lo puso sobre la cama junto a mí después de cerrar la puerta tras ella. Del alhajero sacó un péndulo de cobre pulido de en medio del forro aterciopelado y continuó...”El péndulo puede ayudarnos a conocer de dónde provienen tus malestares”.

Me pidió que me acostara boca arriba perfectamente estirada y con los brazos relajados a mis costados. La atmósfera dentro de la casa se volvía densa con el embriagante aroma del incienso de copal y el movimiento circular del péndulo sobre mi cuerpo. Las sombras danzantes me confundían así que preferí cerrar los ojos. Podía escuchar a Lihuén hablar en un idioma que no conozco como si platicara con su instrumento de adivinación...sonido que en mi mente se entremezclaba con los recuerdos de tiempos mejores que no volverán. Después de un rato sentí un pinchazo helado en el pecho. El péndulo se había detenido justo sobre mi corazón...

- “Por lo menos ha demostrado que reconoce un corazón roto”, dije irónica antes de que mi amiga pusiera sus dedos sobre mis labios haciéndome guardar silencio.

- “No entiendo su respuesta”, murmuró con expresión de confusión. Me jaló del brazo para que me levantara de la cama y me llevó hasta la mesa en donde da sus consultas, descubrió mi vientre y con cuidado empujó mi frente hacia atrás para que mi mirada quedara en el techo. Se sentó frente a mí y dejó que el péndulo colgara entre mi pecho y mis piernas. Me pidió que no me moviera así que como pude forcé mi mirada hacia el instrumento pues sentía curiosidad y noté un movimiento un tanto extraño, abrupto y violento de adelante hacia atrás...y de pronto nada, se había detenido por completo. Mi amiga se veía consternada, su expresión me preocupó mucho. Se recargó en el respaldo de la silla y repitió...”No entiendo su respuesta”.

- “¿Qué fue lo que preguntaste?”, inquirí con nerviosismo.

- “Creo que sí debemos ir con el médico, puede ser que la prueba no haya funcionado porque debe realizarse sin dudas y de preferencia a la séptima luna de la espera...si no es eso, de verdad no lo entiendo”, replicó la adivina todavía confundida.

Le agradecí el esfuerzo y le expliqué que necesitaba un poco de café para el desayuno. Sin titubeos tomó una taza, la llenó con granos recién molidos y la colocó en mis manos. Después de prometerle que iríamos al pueblo a visitar al doctor tan pronto me sintiera con fuerza suficiente para enfrentar esa cruda realidad, salí de su remolque para regresar a casa. Empecé a recorrer la feria como alma en pena con más ansiedad que ganas de moverme pensando en que la caricaturista era la única persona que podría encontrarme en cualquier lugar donde me escondiera...”la caricaturista” como la llama Dalibor, para mí era mucho más que eso. Pasé un largo tiempo tratando de definir quién era ella y quién era ella para mí pero hasta ahora es que tengo otra pequeña pista: A pesar de que Lihuén es mi guía y contacto entre varios mundos, Layla era el toque mágico en mi vida. Mientras el mundo se me cerraba porque el Arlequín no aparecía, la comida escaseaba y mis malestares eran menos llevaderos, ella me hablaba de belleza, de música y de sensaciones, escribía poesía y me enseñaba que un pensamiento podía plasmarse en color, me dio esperanza, valor y hasta convirtió mi piel en obra de arte...esa es Layla, fui suya y fue mía, fuimos cómplices y confidentes...casi la dejo llevarme a ese mundo idílico y casi fuimos felices.

Después de que Dalibor salió del remolque para reunirse con sus compañeros de número pasé el resto del día ensayando en casa. No quería salir, no me atrevía, ensayé hasta el punto del desmayo por la fuerza que aplicaba en cada golpe. Mis manos estaban enrojecidas, un tanto entumidas pero ese dolor no se comparaba con la desesperación que sentía por ir a buscarla, por ver si seguía en su tienda, si estaba bien, si podría perdonarme algún día. Ardía en rabia y la culpa me consumía pero no la molesté. La extraño tanto...pero ya bastante mal le hice, así que espero que escuche mis tambores, después de todo esta canción es por y para ella...espero que se entere algún día.

viernes 2 de enero de 2009

Una Rosa Morada


“¿A quién quiero engañar? No podré dejarlo”, fue mi primer pensamiento del día después de una noche de ensueño con Dalibor. Me sentí terriblemente mal al darme cuenta de esa realidad, débil, conformista. No dejaba de pensar en que me había traicionado a mí misma al dejar que el Arlequín me envolviera de tal manera otra vez…y Layla, mi incondicional compañera y cómplice, ¿Cómo iba a decirle tal noticia? ¿Qué hará ella…me odiará, sentirá pena por mí, me perdonará algún día? No quiero ni imaginarme su reacción, tantos planes, tantos sueños que se escurren como arena entre los dedos por mi cobardía. Quiero desaparecer, la angustia de lastimar a alguien a quien quiero tanto me ha atado un nudo en la garganta. Algo me grita que huya con ella pero estoy paralizada, siento que el recuerdo de lo que era mi relación con Dalibor y la esperanza de que vuelva a ser lo que fue han convertido mis piernas en plomo inmovilizándome completamente. Cómo desearía que el tiempo se detuviera, pero lamentablemente no es así, el tiempo sigue corriendo y yo debo contarle a Layla lo que pasa pues se acerca la hora en que me comprometí a verla en el Laberinto de Cristal.

Con más nervios que ganas de salir de casa me dirigí a la tienda de la caricaturista. Es abrumador cómo cada rincón al que volteo en el camino me trae un buen recuerdo de ella. No quiero perderla pero no puedo mentirle, significa demasiado para mí. Miles de recuerdos se me vienen a la mente a cada paso que doy rumbo a su casa. Esa empatía, esa dulzura, esa complicidad…¿Por qué huyo de eso, acaso mi relación con el Arlequín me ha dañado tanto que pienso que no lo merezco o me ha convencido de que no existe? El estruendo habitual de la feria se difuminaba entre tantos pensamientos. Ese olor a polvo, mantequilla, óxido y azúcar me era tan familiar y sin embargo todo parecía diferente…hoy era el día en que dejaría ir toda oportunidad de escapar de la situación en la que estaba rindiéndome por completo a lo que yo creía era mi destino, el día en que una absurda devoción le ganaría a una auténtica entrega y el día en que lo más que se podía ganar era un corazón roto y otro hecho trizas.

No me urgía llegar a la tienda pues sabía a lo que iba. Me armé de valor, corrí la puerta y entré llamándola más la caricaturista no estaba en casa. Me partió el alma ver el interior de su tienda. El centenar de máscaras tipo veneciano estaba perfectamente acomodado al lado de una valija con algo de ropa, las acuarelas apiladas por tamaño, los botes de pintura sellados…era obvio que estaba lista para marcharse. Tomé un trozo de papel y uno de sus tinteros para dejarle una nota: “Layla, vine a buscarte pero no te encontré. Tenemos que hablar. Te veo a la entrada del Laberinto de Cristal cuando empiece el número del Arlequín…Perdóname, por favor. – Fénix”. Salí de ahí aún más intranquila de como había llegado, con ese sentimiento de ansiedad que es una tortura. Caminé hasta mi rincón secreto detrás de la carpa de juegos de destreza y me senté sobre las hojas lo que pareció una vida entera hasta que entre lágrimas me di cuenta de que la luz cambiaba para caer la noche. Un redoble de tambores anunciaba a los visitantes del parque el próximo comienzo de la función en la pista principal…la hora de ver a Layla había llegado.

Al llegar a mi atracción favorita vi a Layla sentada en las escaleras de la entrada, sentí que mi corazón se detenía un momento. Su cara parecía perturbada, en una mano tenía un cigarrillo y en la otra una rosa morada…el pecho se me hundía. Suspiré, cerré los ojos un par de segundos y caminé hacia ella. Al verme sonrió y se puso de pie, yo le correspondí la sonrisa aunque no pude mantenerla el mismo tiempo que ella, nos saludamos, la abracé como si fuera el último abrazo que le daría, la besé y tomé su mano para dirigirla a un lugar en donde pudiéramos hablar sin interrupciones. Nos internamos en el bosque de espejos del Laberinto de Cristal pero yo tenía uno en particular en mente, el espejo de luz y sombras que estaba en uno de los pasillos sin salida del Laberinto, casi nadie lo visitaba pues era difícil llegar a él y era perfecto para pasar un momento a solas. Llevé a la caricaturista hasta aquel espejo de efecto tan especial, parece que la mitad del reflejo está en penumbra mientras que la otra mitad reluce. Nos sentamos frente a él de manera que Layla quedara del lado iluminado y yo en las sombras, no tenía el valor de ver mi reflejo en ese momento…y después de tomar aliento varias veces, ella se adelantó a hablar.

- “Toma, encontré esto para ti en el pueblo…¿Recuerdas nuestra conversación sobre lo predecible que era que te regalaran rosas rojas?”, dijo la caricaturista mientras me extendía la rosa morada que tenía en su mano. Trataba de aligerar el ambiente, sonreía más su semblante era el de entera preocupación. Tomé la flor, bajé la mirada y rompí en llanto. Ella continuó, “Recibí tu nota, Fénix. ¿Qué pasa?”.

- “Layla, no sé cómo decirte esto…”, balbuceé, bajé la mirada al suelo y apreté los labios. No me salían las palabras. Cuando regresé la mirada noté que ella tenía lágrimas en los ojos. El zumbido en los oídos que se siente cuando la situación es tan tensa y dolorosa me distraía, me tomó algo de tiempo poder continuar la frase, “…pero no puedo irme contigo”.

- “¿Pero por qué, qué cambió de ayer en la noche para acá que no quieres salir de aquí?”, preguntó en tono de frustración, tomó mi mano y buscaba mi mirada más yo la evitaba a toda costa, me sentía tan avergonzada…después de una pausa y en un tono más calmado siguió, “¿Qué te prometió ese Arlequín, con qué palabras te convenció de que te quedaras con él? Porque eso son, palabras, y lo sabes”.

- “Por favor, Layla, no tengo una explicación, no entiendo por qué quiero quedarme con Dalibor, lo único que sé es que sigo enamorada de él a pesar de todo”, le respondí. Mi estómago parecía voltearse al revés, tenía náuseas, frío. Pasaban miles de pensamientos por mi mente y sin embargo no podía articular palabra alguna. Quería pedirle perdón, quería gritarle que también estaba enamorada de ella, quería pedirle que me obligara a irme con ella pues yo no tenía el valor de hacerlo por mí misma, quería agradecerle por el tiempo juntas, por regresarme mi fe y mi sentido del ser, quería decirle tantas cosas…pero de mi boca no salió más sonido que el del sollozo que se ahogaba en la oscuridad de aquél reflejo que no me atrevía a contemplar.

- “¡¿Y qué hay de mí, qué hay de lo que yo siento por ti, Fénix?!”, exclamó la caricaturista mientras apretaba mi mano. Me puse de pie y ella hizo lo mismo sin soltarme en ningún momento. Yo estaba mareada así que me ayudó a recargarme en el espejo para mantener el equilibrio dejándome del lado de la luz y quedando ella en la penumbra, me tomó del brazo y susurró, “…no hagas esto, por favor”.

- “Layla, no puedo…”, dije en voz baja, con mi mano libre tomé su hombro y le di un beso de sal como el único que pueden darse dos personas con el rostro cubierto en llanto. Traté de liberar mi brazo de su mano pero la presión que hacía era considerable. Tomé aliento y continué, “No quiero lastimarte más, aléjate de las personas rotas como yo”.

De un giro me liberé y salí de ahí lo más rápido que pude sin voltear atrás. Escuché a Layla gritar mi nombre mientras corría para tratar de alcanzarme, fue desgarrador el sentimiento culpa, vergüenza y dolor que me invadía pero no podía volver, no si el estar conmigo la iba a herir tanto por tener que lidiar con mi miedo e indecisión. Yo no puedo darle lo que me pide, lo que merece, lo que es apenas justo por lo que ella me ha dado. Nadie conoce el Laberinto de Cristal como yo que he repasado una y otra vez cada uno de sus rincones así que escabullirme y desaparecer de su vista no fue tan difícil…lo duro fue seguir en curso cuando sabía que la estaba perdiendo y lo que quería era no dejarla ir.

Al regresar a mi casa Dalibor ya estaba esperándome…y sorprendentemente había preparado la cena. Escondí la rosa con mi cuerpo al entrar al remolque y con el pretexto de que iba a lavarme para comer aproveché para esconderla dentro de un libro de ritmos al que el Arlequín jamás se acercaría pues es analfabeta musical. Enjuagué mi cara, me senté a la mesa tratando de guardar la compostura aunque la tristeza me carcomía por dentro y usé mi mejor sonrisa de escenario para tener una conversación con quien me había costado, quizás, el amor verdadero que tanto buscaba y que tanto miedo me dio mantener.

- “¿Cómo estuvo tu día?”, le pregunté a Dalibor tan pronto el nudo en la garganta me lo permitió.

- “Bastante difícil...¿Sabes lo que es conseguir un buen trozo de cordero en este pueblo?”, dijo con seriedad absoluta y siguió, “¿Tú qué hiciste?”.

- “Fui al Laberinto de Cristal un buen rato”, respondí algo cortante y tomé otro bocado para no tener que elaborar más en mi comentario.

- “Fénix, me dijeron hoy que sigues viendo a la caricaturista. Te he dicho que no me gusta esa mujer…”, decía el Arlequín antes de que lo interrumpiera.

- “…No te preocupes, haré lo que me pides y no volveré a verla”, afirmé mientras sentía que mi corazón se encogía, con los recuerdos del olor a pintura, la mirada de Layla, el sabor de su piel, el calor de su cuerpo, su voz gritando mi nombre…y el sonido que produjo el libro al cerrarse con la rosa morada dentro.


Creado por Fénix del Laberinto Cristalino en colaboración con Layla de Blackspecchio. ¡Blackspecchio bienvenido a la blogósfera, un fuerte aplauso!

jueves 9 de octubre de 2008

Idilio


Me fui a la cama particularmente cansada hoy en la madrugada. Pasé la noche entera esperando a Dalibor y puliendo mis tambores pues dadas las circunstancias hable con el administrador del parque y mis compañeros músicos para que me dejaran regresar a ensayos…no quiero arriesgarme a perderlo todo, no sé cuándo o si me iré con Layla y la comida empieza a agotarse. Me había vuelto completamente dependiente del Arlequín y eso me pesa mucho – quizás tanto como a él - creo que a eso se refería cuando me dijo que yo no aportaba nada a la relación. En fin, estoy convencida de que no hay mejor momento para que regrese a trabajar.

Sentí que sólo había pasado un instante desde que renuncié a mi espera nocturna y decidí tratar de dormir un poco cuando escuché que se abría la puerta del remolque dejando entrar la suficiente cantidad de luz como para deslumbrarme. Apoyé mi cuerpo sobre mi codo flexionado y con la otra mano traté de hacer un poco de sombra sobre mis ojos para poder enfocar y distinguir la silueta a los pies de la cama. Después de unos segundos la puerta de la entrada se cerró dejándome vislumbrar al Arlequín mirándome fijamente. Me puse de pie de un salto para después quedarme congelada, no sabía qué hacer ni qué decir. Estaba furiosa con él por haberse marchado así pero todavía no estaba segura si había sido por mi culpa, además de que me aliviaba verlo con bien.

- “Me alegra que estés de regreso”, dije en voz baja.

- “¿Cómo estás?”, preguntó Dalibor en el mismo tono pero mirándome a los ojos.

- “Mejor ya que te veo”, afirmé con una sonrisa tímida y pregunté, “¿Tú cómo estás?”.

- “Bien”, replicó cortante y siguió, “¿Cómo sigues?”.

- “Un poco mejor, fui al médico con Lihuén, debo regresar a verlo en un par de semanas”, le conté al Arlequín.

- “¡¿Por qué, qué es lo que tienes?!”, exclamó sorprendido.

- “Pues creo que podría estar embarazada, pero el doctor me dijo que había que esperar un poco para estar seguros”, le expliqué.

- “¿Qué, desde hace cuánto sospechas esto?”, preguntó. Iba notando cómo su mirada se llenaba de ira.

- “Luna y media”, contesté con miedo y continué, “…pero no te lo había dicho porque no quería preocuparte, ni siquiera estoy segura”.

- “¡Y le contaste a la chismosa de tu amiga en vez de a mí!”, gritó con rabia el Arlequín.

- “Lihuén no es una chismosa, además ella sabía dónde estaba la oficina del médico”, repliqué tratando de calmarlo. Me arrepentía sinceramente de haberle dicho una palabra sobre mis sospechas. Probablemente no era el mejor momento para decirle pero nuestra relación ya es tan volátil que no había ninguna diferencia en contarle ahora, después, antes…el temor constante de que él perdiera los estribos era latente todo el tiempo.

- “Veo que nada ha cambiado, me voy a trabajar”, expresó frustrado Dalibor, me dio la espalda y antes de salir del remolque afirmó, “El primero que debía enterarse si cargas a mi hijo en el vientre era yo”.

Para entonces el sueño se me había ido y decidí comenzar la jornada como lo hacía recién había llegado a la feria, hoy era día de ensayo y aunque me tomó mucho más tiempo que antes el estar lista, estaba emocionada pues por primera vez en lo que parece una eternidad me sentía libre, independiente, admirada – “¡Fénix tocará con nosotros!” – exclamaban los músicos nuevos que tanto habían escuchado hablar de mí…y aunque estoy segura de que no todos los rumores son buenos, por lo menos mi destreza en escenario era indiscutible.

En la pista me dieron la bienvenida mis compañeros. No voy a mentir, fue algo intimidante para mí encontrarme con tantas caras nuevas pero el ensayo transcurrió excelentemente bien a pesar de los tropezones que tuve por dejar la música tanto tiempo. Todos nos acoplamos maravillosamente y de seguir así podría estar en el número principal de nuevo en unas cuantas semanas. Estaba tan concentrada en aprenderme los nuevos compases que fue hasta que terminamos de ensayar que me di cuenta de que Dalibor me miraba sorprendido desde el otro lado de la pista y sonreía.

Me sentía muy aliviada, tranquila – hasta feliz por ver que todavía tenía talento musical, temía haberlo perdido por completo. También me sentí a aliviada porque el Arlequín había vuelto…más me dolía profundamente darme cuenta de que todo seguiría igual. Dejé mis instrumentos en mi casa y salí a caminar por el parque. Hacía tiempo había descubierto un rincón desolado detrás de la carpa de juegos de destreza, ahí podría pensar y nadie me molestaría. Me senté sobre el montón de hojas mientras pasaban mil pensamientos por mi cabeza; mi retorno a la música, Layla, Dalibor, mi posible embarazo, Layla, Dalibor…Para mi sorpresa, mi escondite no era tan desolado como yo creía o tal vez ese alguien que escuchaba acercarse me conocía bien.

- “¡Fénix, sabía que estabas aquí, te he buscado por todas partes!”, exclamó Layla al verme escondida tras la enorme carpa y siguió, “¿Sabes que el Arlequín está de regreso? Acabo de verlo con sus compañeros de número en la pista”.

- “Sí, hablé con él esta mañana”, respondí algo cortante y con la mirada triste.

- “Mmmm…creo saber cómo te fue con eso”, dijo la caricaturista torciendo la boca en tono irónico.

- “Ja, sí…no fue un gran reencuentro”, le contesté con una sonrisa y volteando la mirada hacia arriba.

- “Bueno, ya que viste que él está bien podremos marcharnos, no tienes por qué sufrir más. Verás que todo se arreglará en cuanto nos vayamos de aquí”, comentó Layla y continuó, “Te espero mañana en la noche, podemos huir durante su show, así no se dará cuenta. ¿En dónde te veo?”.

- “En el Laberinto de Cristal”, dije sin más. En el tiempo que me tomó decir estas palabras repasé toda mi relación con el Arlequín; tantas lágrimas, tantos gritos, pero también tantas ilusiones y palabras dulces. No podía creer que terminara así, no podía creer que terminara…pero me cansé de esperar que él se atreviera a soltarme así que tendré que hacerlo yo pues nada va a cambiar, no será como antes jamás y eso había que aceptarlo.

Me despedí de Layla con la promesa de encontrarnos a la noche siguiente y regresé a casa. Me puse muy nerviosa al encontrar la luz prendida, significaba que Dalibor estaba ahí y yo ya no tenía la menor intención de seguir discutiendo. Me armé de valor y entré aunque fue duro pensar que esa era la última noche que pasaba con él, mi arlequín, mi compañero, mi amante, mi tortura y hasta hacía poco mi razón de ser. Le di un abrazo con la idea de que bien podría ser el último y él me correspondió acariciándome el cabello. Lo besé, lo observé tratando de memorizar cada detalle de su rostro, le acaricié el pecho, no quería soltarlo. Rompí en llanto y aunque él pensaba que eran lágrimas de alivio por su regreso yo tenía algo muy diferente en mente.

- “Te vi en la pista hoy”, comentó Dalibor con tono de orgullo y preguntó, “¿Regresaste a trabajar?”.

- “Sí, así podré valerme por mí misma y si mis sospechas son ciertas, también podré hacerme cargo”, respondí con una seguridad que el Arlequín nunca me había escuchado.

- “De eso quería hablarte”, dijo en voz baja, metió la mano a su bolsillo, sacó un diminuto zapato tejido con estambre blanco y lo puso en mi mano diciendo, “yo también quiero hacerme cargo, perdóname por haber reaccionado así cuando me dijiste”.

- “Pero ni siquiera estoy segura…”respondí antes de que me interrumpiera.

- “…No importa, si es que no sucede ahora lo intentaremos de nuevo. Fénix, yo te amo, quiero estar contigo, quiero empezar una familia a tu lado, quiero que tú seas mi familia. No sé qué pasa, no sé por qué nos hacemos tanto daño. Por favor…¿Quieres empezar de nuevo conmigo?”, me dijo Dalibor entre lágrimas.

Lo abracé y puse mi mano en su nuca para bajar su cabeza al nivel de la mía. Besé sus mejillas para secar su llanto con mis labios y él me tomó por la cintura. Compartimos la cama como solíamos hacerlo cuando recién nos enamoramos y aunque encuentro algo incómodo el hecho de que me abracen para dormir dejé que él lo hiciera tanto como quería. Lo vi dormir, ese ritmo en la respiración me era tan familiar, ese aroma de su piel, esa posición en la que se acomodaba para soñar me era tan predecible…y mientras lo observaba pensaba en lo mucho que extrañaría todo eso si en verdad esa era la última vez que dormía a su lado. Me sentí tan culpable, tan confundida. ¿Será cierto lo que me dijo de empezar de nuevo, se podrá o ya es demasiado el dolor que nos hemos provocado el uno al otro como para pretender que podemos escribir una nueva historia? ¿Y Layla, qué voy a hacer con Layla? También quiero estar con ella. Siento que el corazón se me parte en dos, no sé qué hacer. Ojalá pase algo tan importante de aquí a mañana en la noche que me haga tomar una decisión, necesito un factor externo determinante, creo que no puedo decidir sola.

miércoles 1 de octubre de 2008

Ambivalencia


- “¿Entonces nunca te enteraste a dónde iba Dalibor cuando tardaba en regresar a casa?”, preguntó mi amiga Lihuén en el camino a la oficina del médico.

- “No, supuse que estaría en alguna taberna, pero cuando visité la única abierta a esas horas no lo encontré ahí”, respondí mientras trataba de entender por qué los pueblerinos nos criticaban tanto con la mirada…o quizás sólo a mí, no lo sé, pero la situación no ayuda para mis paranoias.

- “Llegamos, es aquí”, me dijo la adivina señalando el enorme pórtico de hierro del orfanato del pueblo.

- “¡¿Pero Lihuén, por qué no me dijiste que vendríamos a la enfermería del orfanato? He escuchado muchos rumores sobre este lugar!”, exclamé sorprendida.

- “No tengas miedo, Fénix, el médico es muy bueno”, comentó Lihuén mientras pasaba su brazo sobre mis hombros y continuó, “…además, es el único en este pueblo que puede ayudarte si acaso las noticias que recibes no son lo que esperas”.

Corté aliento en esa humilde casa de pesares. El ruido en sus pasillos húmedos y pestilentes era insufrible; gritos, risas, peleas, sollozos y golpeteos de niños sin más familia que sus compañeros de catre con las caras cubiertas de hollín y con más lombrices que pan en el estómago.

Durante la consulta, recostada en la mesa de exploración no pude evitar sentir una profunda tristeza por la situación en la que me había metido. Sin prestar mucha atención escuchaba al doctor hablar sobre su oposición a la prohibición de que las mujeres decidan traer al mundo un niño no deseado…y a juzgar por su posición en aquél lugar creo que él sabe bien lo que dice. Al terminar de revisarme lo que me dijo no fue muy alentador, al parecer no había señales determinantes de que estuviera embarazada pero ante la ausencia de mi periodo había que esperar un poco más.

De regreso a la feria no dije mucho, venía pensando en lo complicadas que serían las cosas si es que en verdad estoy esperando un hijo de Dalibor. Por un lado quería que él se quedara conmigo y por otro, Layla estaba cada vez más presente en mis pensamientos de cada día. Siempre repudié a la gente que se enamoraba de más de una persona a la vez, es más, ni siquiera creía que fuera posible…no pensé jamás estar en estas circunstancias.

Después de comer con Lihuén y de agradecerle que me acompañara al médico, me dirigí a la tienda de Layla para contarle mi experiencia…después de todo no era como si me urgiera regresar a mi remolque vacío. Al llegar, la caricaturista tenía ya preparada la mesa para tomar el té. El apoyo que sentí por parte de Layla era más de lo que podía pedir y la plática a pesar de mis preocupaciones era muy fluida. Después de que nuestras tazas estuvieran vacías nos sentamos en la cama a discutir sobre a dónde iríamos cuando escapáramos de la feria. Ella proponía ir a otro parque en un condado distinto, yo argumenté unirnos a una caravana de gitanos, ella mencionó que podíamos conseguir un chalet en las montañas, yo pensaba en una cabaña a la orilla del mar, ella habló de cambiar nuestra apariencia, yo respondí que podía buscar un empleo como músico, ella estaba lista para irse al siguiente día…yo no sabía dónde estaba Dalibor.

De pronto, detrás de ese biombo con motivos orientales las palabras comenzaban a sobrar. El estar en los brazos de Layla podía hacer que me olvidara del resto del mundo en un instante. Sentía que con una sola mirada ella podía enterarse exactamente de lo que ocurría en el fondo de mi alma, y con una sola caricia podía arreglar cualquier disturbio que encontrara en ésta. La caricaturista sabía perfectamente cómo consentirme y en un festín de fresas, chocolate derretido y vino tinto fue que usamos nuestros cuerpos para firmar el juramento de estar juntas por siempre frente a un centenar de máscaras de papel maché como testigos. Caímos exhaustas en la cama y sin más luz que el reflejo del brillo de la Rueda de la Fortuna permanecimos ahí hasta bien entrada la noche platicando como compañeras de toda la vida. Ella prendió varias velas y con su destello casi mágico me pidió que me recostara boca abajo en aquel lecho. Sacó algunos pinceles, pintura y polvo dorado y comenzó a dibujar sobre mi espalda como si fuera un lienzo en blanco. El constante cosquilleo de los pinceles me dificultaba enormemente el quedarme inmóvil y ella parecía disfrutar un poco el dulce sufrimiento que me provocaba. Al cabo de unas horas me pidió que me pusiera de pie y acercó un espejo para que pudiera admirar su obra de arte. Mi cuerpo sin más vestimenta que un fénix pintado en toda mi espalda en colores vivos y con un toque de polvo de oro fue sin duda la imagen más impactante y erótica que había visto en mi vida. Le agradecí a Layla infinitamente por el regalo que me había dado, me puse algo de ropa y con un beso me despedí para regresar a casa.

En mi remolque no podía dejar de repasar en mi mente con una sonrisa todo lo que había pasado en la tienda de la caricaturista aquel día. Estaba muy preocupada y lastimada por el Arlequín pero aún así me sentía feliz porque sabía que Layla no me iba a dejar sola pues ella sería incapaz de herirme así. Mientras admiraba el fénix en mi espalda en el espejo de mi tocador pensaba en lo mucho que compartía con la caricaturista. Ese gusto por el arte, la poesía, la pintura, la música, todo aquello que a Dalibor le parecía una pérdida de tiempo y energía. Él sólo sabía cómo hacer dinero, cómo sobrevivir, y muchas veces me había dicho que su acto como arlequín era sólo “algo que funcionaba”, no algo que expresara su personalidad o su sentir.

A diferencia de mi novio, Layla no me juzga ni me presiona y eso me hace sentir libre con ella. Puedo platicarle de cualquier cosa sin miedo, sin tapujos, sin velos y eso me da una confianza muy grande. Dalibor, en cambio, me da un sentido de seguridad…y el hecho de que siga enamorada de él no ayuda mucho para elegir. Es muy obvio que los estoy comparando aunque no me guste…y aunque sea de cierta forma imposible pues son personas muy diferentes. Los dos en su oportunidad me han hecho sentir en la cima del mundo, invencible, pero también es lógico que no puedo conservarlos a ambos en mi vida. ¿Será cierto que una sola persona es incapaz de darnos todo aquello que buscamos en una pareja? Probablemente soy muy exigente, quizás siempre habrá “algo” que falte. Por lo pronto me siento mal por ser tan ambivalente con respecto a mi elección y espero que pueda llegar a una conclusión sin daños a terceros…aunque eso sería demasiado pedir dadas las circunstancias.

Está llegando el amanecer y todavía no hay noticias de mi Arlequín. A estas alturas no me importa si las noticias son buenas o malas siempre y cuando sean de él. No puedo creer que el mero disgusto porque haya faltado a la ceremonia de su espectáculo haya hecho que se marchara de casa y estoy empezando a pensar que era sólo el pretexto que necesitaba para huir…después de todo, ha faltado a ese mismo número todo este tiempo que ha estado desaparecido y eso denota lo poco que le importa. ¿O será que algo grave le pasó? No, no puedo pensar así o la angustia me mataría. Él está bien, sólo está enojado y espera a que pase el coraje para regresar. Porque regresará…espero.

sábado 20 de septiembre de 2008

El Ojo del Huracán


El día de hoy fue particularmente difícil levantarme de la cama. Sentía el cuerpo roto, mis piernas parecían pesar una tonelada, mi cabeza retumbaba tanto que ni siquiera me dejaba pensar, mis oídos zumbaban, mis manos y mi visión temblaban, las náuseas eran insoportables, tenía un nudo en la garganta que no me permitía respirar bien pues sentía que era tan grande que también me oprimía el pecho…creo que mis emociones se manifestaban físicamente. Estuve recostada por horas esperando que pasaran mis malestares, eso había funcionado en los últimos días pero hoy era diferente y lo único que quería era quedarme bajo las cobijas…aunque había un problema, hoy era la celebración de la centésima función del número en el que actuaba Dalibor, así que no sólo debía levantarme sino que estaba obligada a arreglarme impecablemente y salir de casa para tal faena.

Como pude tomé fuerza y me puse en pie, caminé hacia la regadera y dejé el agua correr unos segundos antes de intentar meterme. El tiempo parecía escaparse muy rápido, la luz ya era la del ocaso y yo batallaba y tardaba demasiado en completar las tareas más simples, como el tomar una ducha. Salí del baño, me puse algo de ropa e intentaba cepillarme el cabello, sólo que me agotaba mucho el estar parada así que tomaba unos minutos para sentarme a descansar frente al tocador mientras me arreglaba. No entendía por qué estaba tan exhausta. Al entrar el arlequín al remolque me vio sentada en la banquita frente al espejo, todavía sin maquillar, apoyando los antebrazos sobre las piernas y con la cabeza baja. Pensé que iba a enfurecerse porque yo no estaba lista aún pero al contrario, me ayudó a llegar a la cama de nuevo y me recosté.

Casi quedándome dormida le expliqué a Dalibor lo mal que me sentía. También le dije que si él me lo pedía iría a la celebración a pesar de eso pues quería estar con él. Sólo vi cómo hacía una mueca con la boca y me respondió dulcemente que no era necesario, que sus amigos estarían ahí y que regresaría a casa más temprano para celebrar conmigo. Cerré los ojos y escuché cómo salió de casa. No podía evitar sentirme culpable, es una celebración importante. Entre sueños me decía a mi misma que debía levantarme e ir a la zona de comida en donde se llevaba a cabo la fiesta más no lo logré…de haber sabido lo que vendría después sin duda me hubiera esforzado más. Lo que parecieron segundos después escuché la puerta del remolque azotarse, era el arlequín que regresaba del festejo…

- “¿Sigues ahí? ¡No puedo creer que ni siquiera te hayas cambiado de ropa en todo este tiempo!”, dijo Dalibor recién me vio en la misma posición en la que me había dejado.

- “Intenté levantarme pero no pude…”, le respondía pero ni siquiera me dejó terminar la frase.

- “¡Clásico…no se puede contar contigo para nada!..”, gritaba el arlequín sin control. Yo estaba perpleja por su actitud.

- “…pero si me dijiste que no era necesario que yo fuera, que estarían tus amigos ahí…”, le dije mientras hizo una pausa entre sus gritos aunque era obvio que no quería escucharme.

- “¡No fue ninguno de mis amigos, Fénix, ni tú…me sentí abandonado!”. La ira en su mirada era notoria. Yo no sabía qué decirle ni cómo arreglarlo, me sentía mal por él. Siguió…“¡No me importa si todo el mundo me deja solo, así me iré a celebrar!”.

- “Voy contigo”, afirmé mientras me ponía de pie lo más rápido que pude a pesar de los mareos.

- “¡No, no te quiero conmigo ahora! ¿Te sientes muy mal, no? ¡Tú te quedas aquí a hacer lo que mejor haces para la relación…nada…es eso lo que ofreces!”, gritó el arlequín mientras me empujaba de vuelta a la cama y azotó la puerta a su salida de casa.

Me levanté de nuevo, me puse los primeros zapatos que hallé bajo la cama pues mis lágrimas no me dejaban ver más allá de mi nariz y salí lo más rápido que pude pero ya había desaparecido. Di una vuelta por la feria más ya era tarde y la mayoría de los trabajadores estaban ya disponiéndose a dormir. Decidí visitar la taberna del pueblo, sólo había una abierta a estas horas y como había olido alcohol en el aliento de Dalibor varias noches supuse que podría estar ahí. Me armé de valor y fui hasta allá más no lo encontré. Los pueblerinos me veían raro, susurraban a mis espaldas, no entendí por qué. Regresé a casa derrotada, sintiéndome peor que nunca, no olvidaba lo que me había gritado. ¿De verdad eso pensaba de mí o sólo estaba muy enfadado? Me cambié de ropa, me senté en la cama a esperarlo aunque esta vez dudaba si iba a regresar siquiera. El silencio y la ansiedad eran insufribles. Quería noticias de él, las que fueran…nada llegaba, sólo pasaban las horas.

El nudo en la garganta parecía ahogarme para entonces. Estaba agotada, desesperada, el solo pasar de los minutos dolía como no lo había vivido antes. No podía llorar más, no podía cerrar los ojos de lo hinchados que los tenía, me pasaban miles de ideas por la cabeza…necesitaba hablar con alguien. Volví a salir del remolque para encontrarme con una noche estrellada y hermosa como en las que solíamos pasear Dalibor y yo antes de que nos alcanzara esta situación terrible en la que estamos. El constante chirrido de los grillos, que antes para mí eran una canción de cuna, me ponían melancólica y me desesperaban aún más. ¿No es extraño lo que extrañamos de la pareja cuando no está con nosotros? Preferiría mil veces estar escuchando sus incesantes ronquidos al rítmico cantar de la naturaleza en este momento. Me abracé para protegerme del frío y me dirigí a la tienda de Layla, sabía que ella me ayudaría.

No tengo idea de la expresión que yo tenía cuando llegué con mi amiga, ella sólo corrió la puerta de la entrada, me vio con angustia y me sentó a la mesa. Me dio una taza de té y se sentó a mi lado esperando a que yo empezara a hablar. No sé cuánto tiempo pasé con la mirada clavada en la taza, veía mi reflejo pero no me reconocía en tal. Por mi mente no pasaban más ideas, las habían reemplazado un zumbido, un vacío y un pesar indescriptibles. Le conté a Layla lo que había sucedido más no sé cuán coherentes fueron mis palabras. Ella sostuvo mi mano mientras terminé mi té, me llevó hasta su cama donde me arropó y se sentó a mi lado como si pretendiera velar mi sueño. Pasé mi mano por su espalda y levanté las cobijas invitándola a arroparse también. Con los ojos cerrados le conté la historia de mi vida, mi pasado, mi presente, mis más grandes temores y mis ya inalcanzables sueños, mis ilusiones, mis rencores, mis alegrías y decepciones…hablé hasta que el nudo en la garganta parecía disiparse y ella escuchó atentamente compartiendo sonrisas, lágrimas y frustraciones.

Esa noche en la cama de Layla me sentí amada y apoyada como nunca antes. Al tocar mi piel ella lograba transmitirme ese calor que Dalibor me había negado tanto tiempo. Con un beso me hizo sentir que su promesa de estar a mi lado siempre era real y no sólo palabras al viento como en muchos otros casos. Sus brazos fueron un oasis entre tanto caos a mi alrededor, el ojo del huracán. Si lo que hicimos esa noche estuvo bien o mal no sabría decirlo, lo cierto es que el ver el amanecer sus ojos me dio el aliento que necesitaba para no dejarme caer como antes. Ahora tenía algo por qué salir adelante, un propósito…y era salir de ahí con ella.

- “No tienes que regresar a buscar a Dalibor, ¿Sabes?”, dijo Layla acariciándome el cabello y continuó,“Podrías quedarte aquí conmigo hasta que partamos”.

- “Sólo quiero asegurarme de que está bien y quizás recoger algunas cosas”, respondí mientras me levantaba de la cama para volverme a vestir.

- “Fénix, hay algo que quiero decirte desde hace tiempo…”, comentó la caricaturista mordiéndose los labios...,“Te…”.

- “No lo digas, cada vez que se pronuncian esas palabras pasa algo para que nos arrepintamos de haberlas dicho”, la interrumpí y seguí, “…pero yo también”.

martes 9 de septiembre de 2008

Falsas Esperanzas


Hoy es día libre para los trabajadores de la feria, no que eso signifique mucho para mí desde que no tengo trabajo pero por lo menos podría tener alguien con quien platicar sin que me diga que está muy ocupado. Después de preparar algo de comer para Dalibor y para mí me dispuse a arreglarme un poco para salir del remolque en búsqueda de nuevas conversaciones. Dejé el desayuno del arlequín sobre la mesa y me metí en la ducha, después de varios días de asueto en los que intenté despertarlo para que desayunara conmigo por fin entendí que no iba a levantarse temprano en su día libre porque “trabaja muy duro para mantenernos y necesita descansar”. No importa, disfruto mucho la hora del baño, es un excelente espacio para pensar lejos de la presión de los demás.

Hay algo sobre el agua tibia que me relaja mucho, tanto que a veces la “hora” del baño resulta ser un poco más que ese tiempo. En la ducha todo iba como de costumbre, repasaba en mi cabeza conversaciones, ritmos, experiencias, todo aquello que he vivido hasta el momento y que de cierta forma ha dejado huella en mí…curiosamente, dentro de esos pensamientos no hay ningún “plan”. Ja, ni en privado quiero hacerle frente a ese tema en particular. Estaba inmersa en mis propias ideas cuando de pronto sentí un chorro de agua helada correrme por la espalda. Grité con todo el aire que tenía en los pulmones y corrí la cortina del baño para encontrar la cara de Dalibor con expresión de travesura justo como solía bromear conmigo cuando recién empezábamos a salir, pero antes de que pudiera decir algo se metió en la ducha conmigo. No puedo negarlo, estaba muy sorprendida de que hiciera tal cosa. Hubiera podido jurar que el arlequín había perdido completamente el interés en tener intimidad conmigo pues hacía semanas que ni siquiera volteaba a verme.

Pasamos un buen rato bajo el chorro de agua, todo el tiempo que nos llevó recordar lo bien que la pasábamos juntos y lo mucho que nos gustábamos en un principio. Al terminar el baño, me secó con todo cuidado y nos dirigimos a la recámara, en donde seguimos con nuestra faena de reencuentro que para mi pesar, me hizo reconsiderar todas las decisiones que había tomado al respecto de nuestra relación. Yo sé que suena patético olvidar meses de negligencia y dolor por un solo día de devoción, lo tengo bien presente, pero esa reacción fue inevitable. Estuvimos en la cama recordando viejos tiempos, haciéndonos cosquillas, riéndonos de nuestras peripecias, repasando cada ápice de alegría juntos y cuando el momento pasó, él alcanzó la comida que había preparado y me admiraba mientras escogía un atuendo para el día.

- “¿Vas a salir hoy?”, preguntó Dalibor todavía con un poco de avena fría en la boca.

- “Pensaba dar un paseo por el parque en lo que vas a atender tus asuntos”, respondí con voz amable y algo confusa pues no me hacía esa pregunta con mucha frecuencia, al menos no últimamente.

- “Quédate conmigo hoy, no tenemos que salir de aquí”, me pidió el arlequín con una sonrisa tímida y una mirada insistente.

Accedí a lo que me pidió que no es para sorprenderse, en el momento en que me lo dijo parecía un gesto de ternura más que una orden, aunque ahora al revivirlo suena como que no tenía muchas opciones si es que no quería otra pelea con él, después de todo yo “no tengo nada qué hacer y mi vida está resuelta”. Dejé la ropa a un lado y regresé a la cama. Me senté recargada en la cabecera con las piernas cruzadas a la altura de los tobillos…por alguna razón sentía que lo que estaba haciendo estaba mal, sentía que me defraudaba a mí misma y a Layla a quien le había dicho que no quería estar más con Dalibor pero estaba hipnotizada por su atención ahora. Supongo que muy dentro de mí conservaba la esperanza de que todo funcionara como antes entre él y yo…y que no era tarde para dar marcha atrás a mis planes de abandonarlo todo en la feria. Quería saber sin lugar a dudas la posición del arlequín en mi vida.

- “¿Sabes? No hemos hecho ningún arreglo para la boda que queríamos”, comenté con fingida casualidad mientras él dejaba a un lado el plato vacío del desayuno.

- “Pues, supuse que me dirías exactamente qué quieres para ese día para calcular cuánto hay que gastar”, respondió algo incómodo y siguió, “…además, no es como si tuviéramos prisa o mucho dinero”.

- “No hay prisa, es sólo que pensé que tus planes de una familia eran a corto plazo”, le dije al arlequín volteando la mirada hacia un lado…no creí jamás escucharme a mi misma pronunciando esas palabras.

- “¿Estás diciendo que quieres hijos en esta situación?”, preguntó con una mirada de incredulidad y afirmó, “Pensé que la sola idea de una familia te causaba escalofrío”.

- “Bueno, es que hay cosas que se planean y cosas que no”, dije sin pensar.

- “¡¿Cómo qué cosas, qué estás diciendo, Fénix?!”, exclamó aterrado mientras me veía directo a los ojos.

- “No te asustes, no pasa nada”, le dije con voz suave tratando de calmarlo y continué, “…sólo que me gustaría saber qué pasaría en dado caso de que un pequeño artista se nos adelante a los planes”.

- “Eso no pasará, no creo que seas tan imprudente como para embarazarte en estas circunstancias, mi hijo merece lo mejor y por ahora no lo tengo”, respondió cortante y altanero, como era su costumbre.

Me quedé muda un instante. No podía dejar de preguntarme si eso de que “su hijo merece lo mejor y por el momento no lo tenía” se refería a mí de cierta manera y que por eso no había insistido con los planes de la boda que hace tiempo era prioritaria para él. El momento de felicidad definitivamente había pasado y estábamos de regreso en la incómoda convivencia en la que vivíamos. Su último comentario me había dejado claro qué posición tomaría si es que mis sospechas son ciertas y por supuesto no era tan inspirador como lo esperaba. No lo entiendo. ¿Qué no era eso lo que él quería? Insistía tanto. De igual manera, si es que estoy embarazada de él, no sé si pueda ocultarle algo tan grande e irme sin más. Mi confusión con respecto al arlequín regresaba, tan latente como siempre. Es obvio que él también duda.

Olvidado el asunto de mi situación “hipotética”, pasamos el resto del día platicando de nuestras actividades…o mejor dicho, él me puso al tanto de lo que sucedía en la feria pues yo perdí el contacto desde que dejé el número. Antes de dormir, la melancolía que nos invadía a ambos era notable.
- “Dalibor, mis brazos siguen abiertos”, le dije con lágrimas en los ojos.

- “Y yo no los he cerrado, Fénix…”, me respondió sin poder siquiera terminar la frase y cerramos los ojos como tratando de olvidar la situación en la que estábamos…hasta el día siguiente en que todo comenzaría de nuevo.

jueves 4 de septiembre de 2008

Una Nueva Máscara


“Está bien, puede que sea tiempo de visitar al médico”, fue lo que pensé mientras veía mi reflejo en el espejo del tocador. Me es tan molesto ir a consulta que espero tanto tiempo como puedo a la expectativa de un acto mágico o milagroso que desaparezca mis malestares – el cual sí llega en la mayoría de las ocasiones – pero esta vez creo que mi cuerpo nada más no está en la disposición de ahorrarme la pesadez de ir a revisión.

Como pude y a pesar de mi reciente torpeza en cuanto a disimular mis defectos con maquillaje, tapé mis ojeras, hidraté mi rostro para que no se mostrara el tono cenizo que ha adquirido el resto de mi cuerpo, cubrí mis labios de color carmesí que bien o mal daba la impresión de que éstos estaban sanos y no partidos; por mis pestañas retraídas y mi cabello reseco no pude hacer mucho, así que sólo lo recogí procurando no apretarlo demasiado para evitar así el punzante dolor de cabeza de todos los días. Cuando por fin estuve satisfecha con mi aspecto…o mejor dicho menos inconforme, y después de beber toda el agua que quedaba en la jarra, salí en busca de Layla.

El desayuno con la caricaturista transcurría bastante bien hasta que descubrimos que yo ya no soportaba el olor del cigarro y de la pintura, así que tuvimos que improvisar un día de campo fuera de su tienda para segur platicando.

- “¿Te sigues sintiendo mal?”, preguntó mi amiga con expresión de angustia.

- “Más o menos, la buena noticia es que ya conservo casi la mitad de lo que como dentro de mi estomago”, respondí algo sarcástica y burlona tratando de aligerar el ambiente para que no me insistiera en ir al médico.

- “No es gracioso, Fénix, ya llevas algún tiempo así”, comentó Layla en tono grave y continuó, “¿Qué fue lo que te dijo la adivina, le pediste algún remedio?”.

- “No le dije nada al respecto”, respondí algo cortante y seguí, “…además, si mi malestar es lo que yo sospecho se necesitará algo más que un té de hierbas para que desaparezca”.

El silencio que siguió a mi comentario era sepulcral. Layla me miraba atónita, sabía a lo que me refería y también todo lo que implicaba. Nos quedamos mirando cómo el viento levantaba las hojas secas del suelo por un instante y de pronto todo el mundo parecía encogerse. Las atracciones a nuestro alrededor parecían manchones sin contorno y el ruido cotidiano de la feria parecía un delicado susurro lejano en comparación con el estruendo de mi respiración y los latidos de mi corazón.

- “¿Estás segura? Pensé que no querías que esto sucediera y tomabas tus precauciones”, dijo la caricaturista interrumpiendo la tensión del momento.

- “No, no estoy segura”, contesté en medio de un suspiro, hice una pausa larga en lo que tomaba valor para lo que diría a continuación, “…pero podría no ser tan malo”.

- “¿De qué hablas? ¡Esto cambiaría tu vida!”, exclamó mi amiga muy preocupada.

- “Exacto, bien podría ser lo que necesito”, comenté todavía meditabunda.

- “¡¿Lo que necesitas para qué, Fénix, para que el arlequín se quede contigo?!”, dijo Layla con su mirada clavada en mi rostro como buscando una explicación a lo que le estaba diciendo.

- “No, lo que necesito para motivarme a salir de aquí de una vez por todas”, balbuceé con la mirada perdida mientras mi amiga apenas podía contener su frustración y su sorpresa.

- “No entiendo”, exclamó la caricaturista moviendo la cabeza y arqueando su cuerpo hacia atrás en signo de desesperación.

No pude pronunciar palabra en un largo tiempo. Tomé un par de hojas secas que la última ráfaga de viento había dejado cerca de mis pies y las hice polvo con mis manos. Recogí una pequeña rama del suelo y comencé a hacer dibujos en la tierra con ella, una costumbre que tengo desde pequeña cuando necesito tomarme un tiempo para pensar. Tomé aliento un par de veces antes de poder articular algo coherente.

- “¿Te irías conmigo, Layla?”, le pregunté a mi amiga viéndola directo a los ojos.

- “¿Irnos, a dónde?”, dijo Layla con expresión de confusión mientras me abrigaba con su bufanda tejida en esperanza de que dejara de tiritar.

- “Lejos”, pronuncié con la mirada baja, levanté la cara para ver a mi amiga y continué, “Lo único que puedo afirmar con esta vasta duda es que no puedo quedarme más al lado de Dalibor”.

- “¿Pero y si tus sospechas son ciertas, si hay parte de él en ti?”, preguntó Layla quien todavía no superaba la impresión de mi actitud.

- “Hay más de él en mi de lo que yo pudiera desear…y ya sea verdad o no lo que sospecho realmente no importa, de igual manera necesito irme de aquí. El Arlequín no tiene por qué enterarse siquiera de que tengo esta duda. Si algo me ha quedado claro con esta situación es que si he de armar una nueva familia, prefiero que sea con alguien que me aprecie, me respete y me comprenda…eso no puede dármelo él”, le expliqué a la caricaturista quien cambió su gesto de confusión por una actitud meditabunda y serena, tomé un respiro y seguí, “Vuelvo a preguntarte, ¿Te irías conmigo, Layla?”.

- “Vaya familia que sería la nuestra…una familia de fenómenos”, respondió ella entre risas, me dio un abrazo y afirmó, “Sí, Fénix, iré contigo”.

Pasé el resto del día paseando con Layla por la feria ante la mirada prejuiciosa del resto de los trabajadores del parque, ya nos habíamos acostumbrado a ello y hasta nos causaba algo de gracia aunque era raro no poder estar dentro de su tienda como siempre. Disfruté tanto de la compañía de la caricaturista que no me importó no hacer mi recorrido por el Laberinto de Cristal como tengo acostumbrado y fui directo a casa en donde me esperaba un arlequín algo enfurecido por los rumores que había provocado mi paseo diurno.

- “Entonces fuiste a ver a la caricaturista hoy también…¿Qué se trae entre manos ahora esa mujer?”, dijo Dalibor apretando los labios y lanzándome una mirada penetrante tratando de intimidarme mostrando su disgusto.

- “Le pedí que me hiciera una nueva máscara”, respondí sin más y contrarresté su mirada con una sonrisa irónica.