jueves, 26 de marzo de 2015

Vorágine

            ¿Por qué me siento así? ¿Por qué si fui yo la víctima de un engaño tan terrible siento tanta vergüenza? Debí haberme dado cuenta. Debí escuchar a mi corazón cuando me gritaba en su agonía y yo me negaba a quitar la venda de mis ojos…o quizás era hora de aceptar que había visto este final acechándome tiempo atrás pero era demasiado doloroso reconocerlo. No sé cuánto tiempo del trance en el que he estado sumergida  últimamente he dedicado a fabricar escenas de esta ruptura, de cómo me sentiría, de todo lo que implicaría arrancar al Arlequín de mi vida, y de lo que sería vivir sin él… después de él. Siempre tuve miedo de terminar la escena, cada vez que lo intentaba me sobrecogía una inquietante mezcla de dolor, rabia e incertidumbre que me sacaba de mis pensamientos para regresarme a una realidad de la que Dalibor se desvanecía. A decir verdad, la totalidad de mi ser y de mi sentir estaban cubiertos por una niebla espesa de duda que me hacía difícil el respirar. Cometí el gravísimo error de embelesar mi pasado, construir mi presente y esbozar mi futuro alrededor de él. Ahora que se derrumban todos los planes, que se revelan todas las mentiras y que duelen todos los recuerdos, me encuentro completamente sin rumbo. Vacía. Peor que en el principio. Con las alas rotas y el corazón hecho trizas.

            Me costó mucho levantarme de aquel prado que me había visto llorar hasta que me ardieron los ojos y se me nubló la vista, es increíble cuánto pesa la soledad. El hecho de dirigirme al lugar que más me hablaba de él tampoco me hacía el camino más corto, a veces parecía que no avanzaba en absoluto a pesar de dar un paso tras otro lenta pero consistentemente. Durante la caminata me sorprendí a mi misma fantaseando que llegaría a La Feria y él me iba a estar esperando allí para decirme que todo había sido un error y que quería estar conmigo, o que lo encontraría en mi remolque con otra rosa roja en la mano pidiéndome perdón, pero luego recordaba la cobardía con la que se había comportado durante el encuentro con Damia y se esfumaba toda esperanza de enmienda de sus actos. También me enfurecí conmigo misma por imaginar estas cosas. “¡¿Cómo es posible que estés pensando en perdonarlo si te hizo tanto daño?!...Ni siquiera hizo nada por quedarse contigo, se fue con ella…¿Es mi culpa, pude haber hecho algo diferente para que no se fuera?...¡Al diablo, le diste todo lo que eres y no le importó, malagradecido!...Siquiera ya no tienes que esperarlo y preocuparte por él todas las noches…¡Lo extraño tanto!...¿Y ahora qué ese supone que debo hacer con mi vida si estúpidamente se la regalé?”, me abrumaban los pensamientos que daban vueltas en mi cabeza.

            La música festiva y las caras sonrientes de los payasos dibujadas en las mantas a la entrada de La Feria se sentían como una cruel burla al dolor que me carcomía por dentro. El olor a frituras y golosinas tan familiar para mí evocaba mil recuerdos de tiempos mejores, de cuando llegué aquí, de cuando me ilusionaba maquillarme y salir al escenario a dejar el alma en mi música, de cuando conocí a Lihuén, de cuando la sola mirada de Layla me robaba el aliento, y de cuando me enamoré de Dalibor. Es sorprendente lo mucho que influye nuestro sentir en cómo vemos la realidad. Todo parecía diferente ahora a pesar de ser exactamente el mismo trayecto de la entrada de la Feria a mi remolque.  Cada paso dolía, cada recuerdo laceraba más mi corazón. Me detuve un momento frente al expendio de golosinas ante la visión de una manzana acaramelada como aquéllas que nos acercaron por primera vez, cuando el Arlequín era nuevo aquí, cuando los espejos de mi amado Laberinto de Cristal guardaban el secreto de mi atracción por él, cuando sin saber las consecuencias mordí el fruto prohibido de un amor caprichoso y embustero.

-         “¡Pero qué diablos, Fénix, te he estado buscando por todas partes!”, exclamó Lihuén cuando me vio hipnotizada frente a los dulces.
-         “Salí a caminar”, le respondí con un débil murmullo y volví a apretar la mandíbula.
-         “Vamos por un poco de té”, dijo la adivina con expresión de preocupación mientras me tomaba del brazo para dirigirnos a su remolque.

            En cuanto nos sentamos Lihuén y yo a la mesa en su remolque y sin que ella me dijera una sola palabra comencé a platicarle lo que había sucedido. Para mi sorpresa mi voz no se cortó una sola vez, era como si estuviera narrando algo ajeno a mí. Me sentía calmada, casi entumecida, quizás estaba exhausta de todas las emociones que había sentido a lo largo del día. Ella me tomó de la mano mientras yo hablaba, noté que sus ojos se tiñeron de rojo en más de una ocasión, apretaba los labios, despejaba su garganta, pero no dijo absolutamente nada. Pensé que gritaría, que lanzaría cosas a través de la habitación, que reaccionaría como creía que iba a reaccionar yo si confirmaba mis sospechas pero no, nos quedamos en silencio no sé cuánto tiempo, suspiró, tomó aliento y dijo: “No es justo”. Fue lo único que escuché de mi amiga al respecto, ningún “Te lo dije”, ningún “Estarás mejor sin él”, ningún “Él se lo pierde”, ninguna de esas frases que tanto se repiten en estos casos y que lejos de ayudar clavan más la daga en la herida.

            Después de la plática con Lihuén por fin llegué a mi remolque. Tomé un mantel viejo y lo extendí sobre la cama. Sobre él coloqué todas y cada una de las cosas de Dalibor que encontré en la habitación, las envolví en él y arrojé el bulto al rincón en donde alguna vez hubo un baúl con su ropa que no me había dado cuenta que faltaba. “¿Desde hace cuánto que se fue y yo no quería darme cuenta?”, pensé. Me invadió el llanto y me recosté en la cama hasta que me quedé dormida. Cuando desperté el bullicio normal de la Feria había terminado, las luces se habían apagado y la madrugada traía consigo un aire de paz que no había encontrado en todo el día. Me levanté de la cama y salí a tomar aire fresco. Me senté en la entrada de mi remolque para contemplar el Laberinto de Cristal, que aunque estaba cerrado y a oscuras me hacía sentir tranquila al saber que a pesar de todo lo que había pasado mi atracción favorita, en cuyos corredores había guardado tantos de mis secretos, seguía ahí.

            La brisa de la madrugada se tornaba fría y decidí que era mejor regresar al interior del remolque pero al ponerme en pie una pequeña luz llamó mi atención. De pronto el olor a tabaco se hizo distintivo en el aire. Una silueta se escondía entre las sombras y mi curiosidad por saber quién era me obligó a acercarme.

-         “Fumaría dentro de mi tienda pero sabes lo peligroso que es tener llama viva cerca de la pintura”, dijo Layla en tono bromista.
-         “Layla…hacía mucho que no te veía”, respondí sorprendida.
-         “¿Otra noche de sueño esquivo?”, preguntó un tanto cortante pero ofreciéndome un cigarro de manera amistosa.
-         “Sí, la última”, le contesté mientras encendía mi cigarrillo, esta vez sí se cortó mi voz y no pude decir más.
     
            La caricaturista me miró conmovida y me envolvió en sus brazos. Yo no pude evitar sentirme abrumada por tantos sentimientos a la vez. Arrepentimiento, culpa, dolor, desesperación, vacío, incertidumbre, miedo, rabia…pero con ella también paz, aceptación, comprensión…¿Amor? Pero qué sé yo de amor si lo único que he hecho es herir y salir lastimada. Lo cierto es que me hizo sentir bienvenida, como si hubiera regresado a casa después de una larga y dolorosa cruzada. 

miércoles, 7 de agosto de 2013

El Recuento de los Daños

“Si no te gusta puedo preparar otra cosa”, me dijo Lihuén al ver mi apatía por comerme el almuerzo que me había preparado. Yo regresé de mis pensamientos para devolverle una sonrisa apenada y seguí comiendo. Otra tormenta, desesperación, caos...y ahora calma, abrumador e insoportable silencio. Otra vez perdida, otra vez a volver a empezar. No podía dejar de pensar en si ésta será la condición de mi vida siempre, si será una maldición que debo romper, si será un acertijo que debo resolver. La adivina me había preparado un almuerzo delicioso sin siquiera pedirme que me levantara de la cama, estaba conmigo tratando de animarme pero yo no podía sacudirme estas preguntas que resonaban tanto en mi cabeza como en mi corazón. Quizás este último ya tenía las respuestas y el profundo dolor que sentía se debía a que mi razón apenas estaba aceptando las cosas en vez de negándolas. “Gracias por todo, Lihuén”, comenté con voz entrecortada y lágrimas en los ojos. Ella descansó su cuchara en el plato para tomar mi mano con fuerza, yo correspondí su gesto con mi mano y no pude evitar perderme en mis pensamientos nuevamente. Terminamos la comida, me levanté de la mesa y después de lavar los trastes sucios comencé a caminar sin rumbo fijo.

Mi cabeza se había vuelto mi refugio desde aquel día en el hospicio. En ella repasaba eventos pasados y les fabricaba nuevas conclusiones cuando los hechos eran demasiado dolorosos. Platicaba con personas que ya no están en mi vida sobre lo que había pasado desde que había dejado de verlas y les pedía su consejo, a veces hasta podía escuchar sus voces respondiéndome, consolándome, guiándome. Conversaba conmigo misma, aunque no siempre fui mi mejor compañía, me presionaba demasiado para encontrar un nuevo plan, una nueva dirección, un nuevo camino que sí condujera a alguna parte para variar. En los peores momentos en mi mente sólo podía escuchar gritos míos, de gente conocida y de voces que nunca había escuchado en mi vida, pero aún así vivir dentro de mi cabeza era mejor que aventurarme al mundo en el que había encontrado tanto sufrimiento. Para mis amigos me había vuelto aún más introvertida, sólo compartía un par de frases con ellos en un día normal. Para los demás había perdido completamente el habla, muchos aseguraban que me había vuelto loca y que ni siquiera estaba consciente de lo que pasaba a mi alrededor. No era cierto, siempre supe lo que pasaba en mi entorno, simplemente dejó de ser un lugar al que me gustara regresar. Todo este tiempo me dediqué a tocar mis tambores, a caminar, a vivir dentro de mi misma y a buscar algo por lo que valiera la pena regresar al mundo.

Se dice que todo pasa por una razón y quizás mi nuevo hábito de introversión me cayó del cielo en estas circunstancias. El ser parte de la comunidad de la Feria me ha enseñado mucho acerca de los prejuicios de la gente, particularmente la del pueblo, para quienes somos el constante recordatorio de que existe una forma de vivir que no encaja con lo “aceptable” según sus estándares y nos desprecian por eso, pero últimamente mis caminatas por la “Tierra en blanco y negro”, como le llamamos al pueblo en el parque, habían sido particularmente tediosas. Siempre había sido blanco de los chismes de la “gente gris” pero ahora lo que se murmuraba sobre mí atacaba directamente su rígido esquema de valores, cosa que no iban a dejar pasar. Mi presencia en ese lugar era más que repudiada pues se decía que yo había decido terminar mi embarazo porque el padre del bebé concebido fuera de matrimonio que llevaba dentro de mí vivía en el pueblo y no se había dejado sonsacar por mí para dejar a su mujer e irse a vivir conmigo y con su nuevo hijo a la Feria. Como si yo disfrutara tanto la compañía de la gente de ahí como para querer formar una familia con uno de ellos. El hospicio fue atacado también con los dimes y diretes de la gente. Afirmaban que el doctor que me había hecho el legrado sacaba dinero de las mujeres en mi situación, que era corrupto y un criminal, que no merecía tener contacto con niños porque seguramente les estaba enseñando a vivir una vida retorcida como la de él y hasta colocaron una manta en la reja del hospicio que decía “Asesino” con letras rojas. El acoso se volvió tan insoportable que el doctor decidió marcharse un tiempo y dejó a una enfermera en su lugar mientras se calmaban las cosas.

Por todo esto es que mis amigos me aconsejaban que mis caminatas no pasaran de los límites de la Feria pues temían por mi seguridad, pero yo estaba inmersa en un trance emocional en el que no me molestaba en lo absoluto lo que se dijera en el pueblo de mí, al contrario, me intrigaba la reacción de la gente. Me preguntaba cómo era que podían llegar a odiar tanto a alguien que no conocían por situaciones que les eran completamente ajenas. Y ciertamente también me preguntaba quién era a quien yo se supone quería sonsacar para que fuera a vivir conmigo en el parque. El bebé era de Dalibor y él era un artista de la Feria igual que yo. Tenían razón en eso de que lo habíamos concebido fuera de matrimonio, pero la mayoría de las familias de donde yo vengo son así y no se había armado tanto alboroto. No tenía idea a quién se referían y hasta cierto punto me provocaba algo de curiosidad. Tampoco sabía cómo fue que se enteraron de que esperaba un hijo, no era como si se me notara el vientre aún, pero supuse que alguien de la Feria habría hecho algún comentario cerca de algún pueblerino morboso. Todo el asunto me parecía entretenido y a la vez ajeno, como si se tratara de una novela de misterio y no de mi propia vida, y es que de esa manera había estado viendo el mundo hasta el momento, como si yo no participara en él, completamente externo a mí.

En la Feria las cosas no iban bien. El dueño había decidido no invertir en nuevos números debido a que la gente del pueblo ya no frecuentaba tanto el parque debido al escándalo que yo había provocado sin querer. Sólo se aparecían algunos de los clientes frecuentes, uno que otro cliente nuevo con niños increíblemente insistentes en querer subirse a los juegos mecánicos, los jóvenes que aprovechaban los descuentos en los juegos de destreza para ganar regalos para sus novias, gente que llegaba a escondidas con urgencia de consultar a Lihuén para ver qué le deparaba su futuro, no más. Los espectáculos se habían reducido a un show cada tercer día, lo que me daba mucho tiempo libre para vagar por ahí haciendo conjeturas sobre el comportamiento de la gente, pero también más tiempo para cuestionar mi relación –si es que podía seguir llamándola así- con el Arlequín. Cada vez lo veía menos, se iba días enteros a buscar otro empleo bajo el pretexto de que la situación financiera de la Feria iba en decadencia. Yo prefería no profundizar mucho en el tema, todo lo veía ajeno a mí y esto no era la excepción. Tal vez si hubiera hecho más preguntas o si hubiera traspasado esa pared de insana indiferencia tan sólo un instante dejándome empapar de realidad hubiera visto la verdad. Esa verdad que describimos como tan elusiva pero que sinceramente siempre está frente a nuestras narices, sólo que nos negamos a afrontarla. Yo quería seguir sintiéndome ajena al mundo, quería evitar a toda costa el sentimiento de culpa que invariablemente llegaría al darme cuenta de que todos mis amigos y toda la comunidad de la Feria estaban sufriendo por mi culpa aunque yo no lo hubiera querido así. No, yo no quería ser la mala del cuento.

Durante otro de mis diálogos internos fue que llegué al mercado del pueblo, creo que ni siquiera tenía previsto ir a ese lugar pero quería comprar algo para Lihuén en agradecimiento por su cariño y su apoyo en todos mis momentos más difíciles. Ni bien crucé el umbral de la puerta todos los pueblerinos ahí presentes guardaron silencio, cosa que me distrajo de mi conversación conmigo misma. Sin decir palabra bajé la mirada y me disponía a regresar a mi plática mental cuando vi una cara familiar en aquel mercado. Una cara familiar en una situación totalmente extraña. Era Dalibor tomado de la mano de la hija del alcalde del pueblo comprando víveres. Ella cargaba con su brazo libre a un niño pequeño de piel morena como ella y con ojos de color gris-azul. En ese momento entendí lo que había estado pasando en todo ese tiempo. Sentí que el color se me iba del semblante. Fue un momento apabullante, como si la realidad me aplastara al caer sobre mí tan rápidamente. La pareja volteó hacia la puerta para averiguar qué era lo que veían los demás y notaron mi presencia ahí, inmóvil, sin poder apartar mi vista de ellos. Ella puso al niño en los brazos del Arlequín y caminó hacia mí.

-          “Buenos días. Mi nombre es Damia, supongo que tú eres Fénix”, me dijo de manera cortante.
-          “Soy Fénix”, respondí suavemente.
-          “Mira…Fénix…creo que ya es tiempo de que dejes a mi marido en paz, ya hemos tenido suficiente. Por lo visto no entiendes que somos un matrimonio feliz o ya hubieras dejado de molestarlo hace mucho”, exclamó.
-          “Creo que no comprendo lo que dices”, le contesté después de ver cómo él se alejaba con el niño hacia los puestos del fondo del mercado.
-          “¡Pues sí, mujer, que ya no lo estés buscando a cada rato por aquí ni andes de ofrecida con él, que ya está cansado de que le ruegues!”, dijo con molestia en su voz.
-          “Pero si yo no le ruego a pesar de que rara vez llega a dormir a nuestra casa ya”, le comenté extrañada.
-          “¿Nuestra casa? No cabe duda de que estás más loca de lo que te describió mi marido. Llevamos dos años de matrimonio, él vive conmigo y sólo sale de casa cuando necesita viajar por su trabajo, ese niño que trae en brazos es nuestro”, argumentó moviendo la cabeza con incredulidad.
-          “¿Dos años? ¡Pero si es mi pareja desde hace cinco, a todos los trabajadores de la Feria, que es donde trabaja como arlequín, les consta!”, le contesté alterada.
-          “¡¿Arlequín?! ¿De dónde sacas eso? Nosotros tenemos un viñedo, él vende nuestro vino a los pueblos de los alrededores, por eso viaja tanto. Y no me importa lo que tú y los demás fenómenos de esa Feria tengan que decir, de igual forma ya estoy harta de ustedes. Propondré que ya no los dejen entrar a este pueblo” exclamó con prepotencia y comenzó a dirigirse a donde estaba Dalibor.

Yo me quedé petrificada unos instantes en el mismo sitio y cuando pude recuperarme de la sorpresa inicial los alcancé en los puestos del fondo del mercado.

-          “Dalibor”, me dirigí al Arlequín con tristeza pero él sólo volteó a verme y me dio la espalda.
-          “Ignórala, está loca, no entiende razones”, le dijo Damia.
-          “Habla conmigo, Dalibor. Sólo quiero saber por qué lo hiciste”, me seguí dirigiendo hacia él sin conseguir que me mirara siquiera.

Emprendí el camino de regreso a la Feria con más pesadez que ganas de llegar. No podía creer que había pasado esto y a la vez sentía algo de alivio por saber a ciencia cierta lo que debía pensar respecto a mi “relación” con el Arlequín. Me dolía mucho la manera en que me engañó, no había ninguna necesidad. ¿Por qué inventar que yo lo acosaba, que no lo dejaba en paz, por qué no simplemente decirme que ya no me quería y que se marchaba, qué ganó con tenerme de lado? ¿Por qué Damia, por su dinero, porque quería un hijo y ella sí quiso dárselo, porque es la hija del alcalde? Era una mujer de belleza muy extraña, de baja estatura, piel morena y cabello crespo, y especialmente conocida por su prepotencia. Ahora entiendo por qué no quería que naciera mi hijo, no tenía contemplado que yo me decidiera a tenerlo aunque hubiera sido concebido por accidente…y él ya tenía uno. Me recosté en un pequeño prado casi al llegar a la Feria pues sentía que me fallaban las piernas. No quería llegar a casa, no quería llegar sabiendo que Dalibor no regresaría. No quería ver las pocas cosas que había dejado abandonadas en el remolque con la intención de hacerme creer que quería estar conmigo. Quería que le mundo se detuviera en lo que ordenaba mis sentimientos pero seguía moviéndose, atropellándome a su paso. Quería morir, desaparecer. No. Quería a mi Arlequín a mi lado y él había decidido salir de mi vida de la peor manera.

miércoles, 5 de septiembre de 2012

Vacío

Empty Cradle por CoryMarchand
No entiendo lo que me dice Lihuén, veo que sus labios se mueven y que su mirada se dirige a mí pero su voz es sólo un murmullo y no puedo descifrar palabra alguna. ¿Me desmayé? ¿Por qué no recuerdo cómo fue que llegué al automóvil del dueño de la Feria? A pesar del ruido infernal del motor del cacharro aquel, lo que me estaba volviendo loca era el sonido de mi propia respiración y las oraciones que gritaba sin parar dentro de mi cabeza. Sabía a dónde me llevaban...y muy dentro de mí también sabía lo que me dirían allí aunque me negara a aceptarlo.

El pueblo cambia tanto mientras la gente duerme, sobre todo ahora que se puede apreciar la decoración para las fiestas. Han colocado tantas luces que hasta puedo sentirme como en casa de regreso en la Feria. No quería llegar al hospicio. Quería quedarme congelada en ese momento cuando me inundó la belleza del pueblo a media noche y me contagió de la esperanza impregnada en sus adornos callejeros. "¿Me escuchas? ¿Tienes dolor?", preguntó Lihuén mientras levantaba un poco el lienzo con el que me había cubierto y que ahora se había tornado color carmín como los atardeceres de verano, como los labios del Arlequín, y como las rosas con las que conquistó mis besos. Yo sólo sacudí la cabeza para responderle. No me salían las palabras. Quizás la Adivina me transfirió sin querer el terror que sentía a través de la expresión que traía. Quizás yo ya estaba paralizada de miedo y por eso no podía pronunciar ni media palabra. Lo más extraño es que lo que sentía en ese momento no era temor, era vacío, una profunda tristeza, y soledad. Mas no la soledad del abandono sino la soledad que se siente cuando se reconoce que nadie puede sacarte del remolino en el que te has metido, y peor, que ya no te interesa salir. "Ya llegamos", afirmó Lihuén cuando el auto al fin dejó de moverse frente a la impresionante fachada del hospicio del pueblo que lucía particularmente lúgubre sin los niños recibiendo a las visitas junto a la pesada reja decorada con papel a medio pintar.

El doctor mismo salió a recibirnos con aire de urgencia y tanto el dueño de la Feria como Lihuén querían llevarme a la mesa de oscultación prácticamente en sus brazos pero en cuanto logré salir del coche empecé a caminar por mí misma rumbo al consultorio del médico, cosa que sorprendió a todos, sobre todo al ver el lienzo que traía en mis manos. Nuestros pasos hacían eco en los pabellones vacíos del edificio. Un pie delante del otro, casi como una procesión, fue como llegamos a la mesa de oscultación que como burla del destino compartía habitación provisionalmente con un pequeño moisés dentro del cual descansaba un ínfimo recién nacido con un aire de orgullo en el rostro por haber logrado salir del confinamiento donde lo mantuvieron por nueve meses. Me quedé mirándolo y no pude evitar pensar que la vida era muy extraña. Este niño había llegado al mundo sin que nadie lo llamara, solo, abandonado por su madre al nacer, y mi niño, aún amado, simplemente no llegaría.

Me recosté sobre la mesa para que el doctor me dijera lo que ya sabía que había pasado. Después de varias pruebas tanto invasivas como dolorosas determinó que de haberse desarrollado el embarazo hubiéramos muerto tanto mi hijo como yo por el lugar en donde se había acomodado para crecer, y antes de que tuviera tiempo para procesar lo que estaba pasando me dijo que había que intervenirme inmediatamente pues no podía dejarme así por el peligro que implicaba. Tomo una botella del gabinete, empapó un trapo con un poco de su contenido y lo puso sobre mi rostro tapándome nariz y boca. Al abrir los ojos de nuevo lo primero que escuché fue el llanto sin atender de aquel recién nacido con quien compartía habitación, y luego la voz de Lihuén quien no se separó de mi lado durante toda nuestra estancia en el hospicio. "Fénix, Fénix...", me llamaba dulcemente la Adivina tras ver que que empezaba a moverme.

Me senté en la mesa para que Lihuén pudiera sentarse a mi lado y así esperar a que se pasaran los mareos para regresar a casa. Mi visión todavía estaba nublada y mi mente estaba atorada en un solo pensamiento: mi hijo al morir había salvado mi vida mas yo hubiera dado mi vida para que él naciera. "Mi niño, lo siento tanto. Siento no haber podido protegerte". No recuerdo qué platiqué con mi amiga en el hospicio, es como si mi mente no quisiera recordarlo, sólo tengo presente que le pedí que atendiera al pequeñito del moisés en lo que estábamos ahí.

Para asombro de todos, al poco rato de que mi visión ya no era borrosa me puse de pie y caminé hasta el carro del dueño de la Feria a quien le estoy profundamente agradecida por lo que ha hecho por mí, sin olvidar, por supuesto, a mi amiga Lihuén sin quien yo estaría perdida en el mundo. El regreso a la Feria transcurrió en completo silencio. No había nada que pudiéramos decir aún llegando al Parque en donde los compañeros que se habían dado cuenta de que algo andaba mal esperaban ansiosos por saber qué había pasado. El gesto de Lihuén fue sacudir la cabeza frente a ellos y todos regresaron a sus remolquen sin hacer más comentarios como si hubieran entendido todo lo ocurrido con esa sola expresión. Llegué a mi remolque de la mano de la Adivina. El vacío que sentía se hacía cada vez más evidente para mí misma pero logré cruzar el umbral de la puerta en completa calma para que mi amiga pudiera regresar tranquila a su remolque. Me dio un abrazo y un beso en la frente y se marchó. Yo cerré la puerta despacio como tratando de aletargar el vacío que ya sentía invadirme por completo. Me acosté en la cama y mis lágrimas comenzaron a rodar por mi cara. Quería gritar pero el nudo en mi garganta me lo impedía así que sólo encorvé mi cuerpo subiendo mis rodillas con dirección a mi vientre buscando que aquel sentimiento tan doloroso no fuera tan aplastante. No tenía idea de dónde estaba Dalibor, nadie me dijo dónde había ido el Arlequín ni yo pregunté por él. Creo que también se vuelve hábito el no contar con alguien. Tal vez era mejor así. Qué le hubiera dicho, cómo. No tenía cabeza para pensar en ese momento, sólo dejé que el llanto me ayudara a conciliar el sueño a tan poco tiempo para el amanecer.

Entre sueños seguía repasando todo lo acontecido esa noche sin lograr entender por qué tenían que haber sucedido así las cosas. No creo merecer esto, no soy malintencionada, no comprendo el porqué. ¿Qué acaso no basta con quitarme al hombre que tanto amo y no puedo sacar de mi corazón, ahora también había que arrebatarme todo rayito de esperanza que se asomaba a mi vida? Estoy furiosa, decepcionada, inconsolable. No alcanzo a comprender por qué tenía que pasarme algo así si se supone que el dolor y la mala fortuna son un castigo para los crueles y los villanos. ¿Seré malvada sin saberlo? Tal vez no haya tal cosa como un castigo para la maldad, o quizás no haya nada ni nadie que se asegure de que cada quien tenga su merecido. De lo único que estoy segura es de esta soledad que resuena en cada poro de mi piel. Probablemente el mundo sólo se conforme de esto y apenas voy abriendo los ojos a esta realidad. No hay nada más, no hay destino ni plan perfecto, no hay finales felices ni magia en el aire, sólo esto. Quisiera que dejara de doler.
Laberinto Cristalino La historia de una artista llamada Fénix, sus pensamientos, sentimientos y reflexiones que la hacen humana y mujer.